Bloqueos

Cuando estoy mucho tiempo pensando en cómo solucionar o cómo hacer algo, pueden pasar dos cosas. Una de ellas (la menos frecuente) que encuentre la solución instantáneamente y me resulte una genialidad, aunque sea lo más obvio del mundo. La otra es que, lo mire por donde lo mire, no sepa por donde cogerlo. Me bloqueo. Pero para mí bloquearme es algo muy frustrante. Hasta hace poco, cualquier bloqueo se quedaba en el aire. Me daba una ducha de agua fría y me iba a dormir. Y ahí se podía quedar. Indignante. Luego me hice con una pizarra de bolis de tinta, y entonces los bloqueos se quedaban ahí. Horas, días o semanas. Escritos ahí, donde lo veo en todo momento. Hasta que se enciende la bombillita y se te abren las puertas del cielo. La frustración del bloqueo suele ir más allá de enfadarme y no dejar de pensar en eso. Al principio me ponía, por ejemplo, un álbum de Pink Floyd y se pasaba la hora y yo seguía frente a la pantalla o la pizarra sin darme cuenta de que la música había dejado de sonar. O me llamaban a comer y bajaba media hora tarde. Últimamente (desde hace aproximadamente un año) me afecta bastante más. Sobretodo físicamente. He pasado una temporada bastante mala, con unos tics en un ojo bastante desesperantes. Nada que no tenga solución (que ya lo he solucionado, o eso creo). El médico decía que era “estrés”, pero para mí que eso no existe. La preocupación mayor me llegó cuando me afectó al sueño. No me refiero a que me dé insomnio (aunque en estos casos suelo trasnochar, porque la tranquilidad y el silencio de la noche ayudan mucho a pensar). Me refiero a que empecé a soñar con eso. Y yo de nunca he soñado o recordado los sueños. Pero desde hace poco no sólo los recuerdo, sino que los vivo con mucha intensidad. Cosa rara, sin duda. Así que decidí cambiar cosas. Un día, en una de estas situaciones, me calcé unas botas, cogí las llaves, mi bordón y me fui de casa. De noche, de paseo por la huerta murciana. Andando a lo tonto, el primer día me perdí una hora. A la vuelta veía todo bastante más claro. Aunque en ese momento no encontré la solución, no tardé mucho en hallarla. Y ahora he cogido esa “mala costumbre”.

Es muy curioso lo que te puedes encontrar a ciertas horas de la noche por la huerta. En un horario comprendido entre las 21.00 y las 3.00 te cruzas con lo que menos te puedes esperar. Aunque muchas veces lo que menos esperas es no cruzarte con nadie y en ocasiones es algo que agradeces. Ahora con “la calóh” lo más común es encontrarse con gente de la huerta que huye de sus hogares en busca del frescor de la noche. Por suerte toda esta zona, rodeada de acequias, tiene bastante humedad y por las noches en verano es una delicia estar en la calle. Los modales de la gente varían desde pararte e invitarte a una limonada bien fría o ignorar tu presencia aunque les des las buenas noches educadamente. Lo gracioso es que es gente que no conoces de nada y tienen hábitos y costumbres huertanas muy atípicas para lo que yo acostumbro a ver. Tengo por norma no decir nada si la persona con la que me cruzo es menor que yo. Manías raras mías, ¡por qué no! Entre las muchas cosas raras que te pueden suceder, destacaría encontrarme con un profesor de la facultad haciendo footing. O cuando un gato se chocó contra mí, iba despistado el pobre. También recordaré siempre una de las pocas veces que he sentido miedo al ver a un perro. Lo “normal” es que cuando te acerques a un perro te ladre. (Normal aquí, en la huerta, donde los perros están para proteger una propiedad privada). Si además existe una verja entre él y tú, abordará la verja “defendiendo su territorio”. ¡O por lo menos aquí es así! Pero el otro día iba pensando en mis cosas y al levantar la cabeza veo un San Bernando que su cabeza me llegaba por el hombro. El perro ni se movió ni me ladró. Pero ver a un perro tan cerca, tan grande y tan quieto, así de golpe, me impactó. También encuentras imágenes para fotografiar. Preciosos gatos observando en la repisa de la ventana de una casa abandonada, por ejemplo. Y hablando de casas abandonadas, hasta hace poco había una estampa preciosa: una casa antigua, derruida, quedaba media fachada semi-envuelta con esa hiedra verde y blanca… De cine.

Desde que empecé esta nueva costumbre han cambiado bastantes cosas. Aunque mi ojo siga parpadeando en exceso a veces o siga soñando intensamente, creo que he salido ganando con el cambio. El día que no salgo parece que el cuerpo me lo reprocha. A veces, cuando la rodilla no me permite andar ni un paso, también me acompaña en mi paseo la rodillera. Me hace gracia salir con ella porque hace un ruido metálico y suena a cyborg. Pero lo bonito del camino es saber que sólo tienes que avanzar. Vayas solo o acompañado, lloviendo o con calor, con la rodilla dando la guerra o como sea… Es lo único que puedes hacer. Y es una filosofía muy aplicable a la vida. Lo único que tienes que hacer es avanzar. No pararte. Aunque te canses, conforme continúes, creas tu ritmo. No puedes parar y te vicias. Aunque todos los días te encuentres con una tara. Hoy estás cansado o no tienes ganas de nada o pasa cualquier cosa. Pero aún así, sigues. Te das cuenta de que puedes someter tu cuerpo a tu voluntad. Estamos acostumbrados a todo y ese todo crea una conciencia laxa. Nos cuesta decir que no a las cosas. No hagas eso, ponte a hacer lo que debes. No, no, no. Cuesta mucho adquirir un hábito y si el hábito es intelectual, mucho más. Crear tu rutina, tu hábito. Y al ser algo físico, algo que puedes controlar más fácilmente, te es más sencillo aplicarlo a algo más abstracto, como es, por ejemplo, estudiar. Hay que seguir avanzando. Pararte no sirve de nada…

De nuevo se termina “The Final Cut” de Pink Floyd y no me doy ni cuenta, porque estoy absorto escribiendo mis paranoias. Pero si se ha acabado, es que ya he escrito demasiado. Otro día más. 🙂

Ser o existir (de dioses y azares)

Una de las cosas que más me gusta es oír a la gente discutir. Pero discutir en el sentido correcto de la palabra, ver como dos energúmenos se cargan de razón elevando el tono de voz y concluyendo con el típico “porque sí” nunca me ha sentado bien (y menos aún las “discusiones” políticas (entre otras) que provocan diarrea mental). Y casi siempre he sido más de escuchar que de discutir. Al fin y al cabo, escuchando es como más se entera uno de las cosas. Una de las discusiones más comunes que he escuchado, por vicisitudes del destino, es sobre la existencia de Dios o no.  No centro este post en ese tema, sino en este tipo de discusión. Normalmente hay dos grupos bastantes distintos: los que están a favor y los que están en contra. Luego hay algunos que ni largos ni cortos se quedan entre dos aguas. Como digo, ahora me centro en un tipo de discusión y no en la discusión en si misma. Aunque en la realidad, lo que ocupa en parte algunos de mis pensamientos es en la discusión en si misma. Porque sin dar opinión (tengas o no tengas opinión sobre ese tema) te expones a puntos de vista muy distintos que te hacen reflexionar bastante (o por lo menos a mí). Y si esos puntos de vista son razonados (y razonables) ya ni te cuento. Mediante lo que comúnmente llamamos “lo lógico”  llegamos a conclusiones y prejuicios sobre lo dicho y las personas que lo han dicho. Aunque luego no sea tan lógico, sino más bien “de sentido común” o mejor dicho “instinto“. Porque nuestros razonamientos no son lógicos per se (no todos). Por suerte tenemos la lógica (ciencia) que es como un salvavidas en el mar de incongruencias que es nuestro pensamiento.

Pero para no desviarnos mucho del tema, hay una respuesta que siempre he querido dar ante la cuestión de si existe o no Dios. Como he dicho, existirían dos grupos: en este caso están los creyentes (practicantes o no) y los ateos (también encontramos agnósticos y otras corrientes). Y luego tenemos gente mística que dicen un “sí-pero-no”. Mi respuesta a la pregunta sería otra pregunta: ¿crees en Dios? Si es que no, estoy de acuerdo en decir que Dios no existe. Si es que sí, estoy de acuerdo en decir que Dios no existe. ¿¿?? ¿Cómo? Como lo estás leyendo. Dios no existe. Para el agnóstico/ateo es una respuesta más que obvia y válida. Pero el creyente tiene que quedarse con una cara de ingenuo bastante peculiar. Al creyente le digo: para ti Dios no existe, Dios es. Evidentemente un ateo u agnóstico le va a dar igual la diferencia entre “existir” y “ser”, porque le das la razón igualmente, pero a mi humilde entendimiento tiene diferencias bastante claras.

Si lo piensas, la palabra “existir” puede sonar un tanto confusa para designar a algo que se dice que existe desde siempre. Porque “existir” implica un “antes” y un “después”. Yo existo. Antes no existía y ahora sí.

Etimológicamente, la palabra existir viene del latín exsistere que significa “aparecer, emerger”, compuesta del prefijio ex- (hacia fuera) y el verbo sistere (tomar posición, estar fijo, estar en pie).

Por otro lado, ser también viene del latín. De la fusión de dos verbos: esse (ser) y sedere (sentarse). Tiene, además, un carácter perfectivo: que da perfección, expresa una acción acabada (de tiempo indefinido). Entendiendo indefinido como “una acción pasada” o “que no tiene límite”.

Cerrando este tema, una curiosidad gráfica-histórica: tradicionalmente se representa la imagen de Dios como un hombre mayor, con barba y sentado.

Y con esta distinción de “existir” o “ser” se podrían zanjar otras discusiones varias. Por ejemplo: ¿existe la suerte? ¿O la suerte es o no independientemente de la persona?

Por último, con este post a un servidor, amante de la Lengua y la Literatura (aunque de vez en cuando también le meto alguna patada a la ortografía), le gustaría remarcar la importancia de usar correctamente las palabras en todo lo que leemos/escribimos o compartimos. Cada palabra significa algo y de lo que se escribe podemos entender lo que se dice o lo que realmente se intenta decir (que pueden ser cosas totalmente distintas).

PD: cuando empecé este blog se me olvidó comentar que posiblemente esté equivocado en muchas cosas y no me importa rectificar. ¡Por el Grinch, si os atrevéis, mostrad vuestras correcciones! Así aprendemos todos. 😉

El CEUM y otras barbaridades

Parece que haya abandonado el blog, ¡pero no es así! Estoy reuniendo información para una serie de posts. Y como el caso es quejarse de todo, lo siguiente de lo que quiero “quejarme”/escribir es sobre el CEUM. Como muchos sabréis, el CEUM es el Consejo de Estudiantes de la Universidad de Murcia. Algo así como la delegación de vuestra facultad, que también conoceréis en exceso, pero que representa a todos los estudiantes y vela por sus intereses. Actualmente, y en mi opinión, el CEUM no es algo sólido ni representa del todo los intereses de los alumnos. En parte podemos culpar a los representantes que, por un lado, son escasos y a las delegaciones de las facultades que no participan en él. También habría que culpar la falta de interés generalizada en algo que debería funcionar… Y por supuesto el problemón que supone poner en pocas manos los quehaceres de muchos. Pero también hay que agradecer a la gente que se molesta en seguir reuniéndose y buscando como levantar este Titanic aunque a veces confundan el papel del CEUM con el de un sindicato unificado de estudiantes universitarios.

A la espera de poder comprender mejor qué está pasando, he pedido una entrevista a Ignacio García Soblechero último presidente del CEUM. También estoy intentando contactar con más gente que explique cómo funcionaba el CEUM antes y, yéndonos un poco más lejos, qué había antes del CEUM y cómo funcionaba. Recordando las palabras de Avellaneda:

El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla

Pues eso, cuanto mejor sepamos qué pasa y qué pasó, mejor podremos vislumbrar un qué pasará.

Mientras consigo reunir o no la información necesaria, ¡iré pensando en qué escribir para no dejar esto muy abandonado!

Beca y cultura hasta la sepultura

En primer lugar aclaro que yo entiendo poco de todo en general y de nada en particular y aún así me atrevo a escribir unas líneas sobre un tema muy en boca de todos en los últimos días. Las becas.

Es cierto que la palabra beca significa muchas cosas aunque todas ellas, probablemente, tengan el mismo origen. Si no entiendo mal, una beca viene a ser como un mecenazgo.  Alguien paga porque estudies. Y eso se simbolizaba con la imposición de una pieza de tela a los alumnos becados (luego ha derivado, teorías de la igualdad o quién sabe por qué, todos merecemos una pieza de tela cuando nos graduamos).

Pero al fin y al cabo, si alguien paga para que estudies, sin malpensar mucho, es para sacar un beneficio de ello, ¿no?. Los mecenas gozarían del consejo o gestión del mejor erudito (pagado de su bolsillo). Pero ahora entramos en harina hablando de la actualidad. El mecenas en este caso, es el Gobierno (risas no, PLEASE). Y como mecenas decide quien tiene beca y quien no. Aunque aquí llegamos a un punto curioso cuanto menos. El Estado paga, por un lado, en las universidades públicas gran parte del costo de tus estudios (realmente pagamos un “pequeño porcentaje” que llamamos matrícula) pero, ¿de dónde sale ese dinero? Espero no equivocarme, pero creo que de los impuestos. Impuestos que pagan nuestros progenitores religiosamente pese a las subidas y bajadas más subidas. Es decir, que pagan impuestos que en parte se destinan a las universidades públicas y luego vuelven a pagar más por matrícula (a grosso modo puedo pensar que al fin y al cabo pagan el coste total de la matrícula).

En esta sociedad tan poco homogénea nos encontramos gente que, aunque pague (¡o no!) sus impuestos, ganan poco y no pueden permitirse pagar la matrícula universitaria. En este caso el Gobierno se encuentra en una tesitura importante. ¡Tiene gente que quiere estudiar pero no puede! ¡Vamos a ayudarles! Pero claro, son mecenas y no se puede ayudar a todos. Tienen que poner condiciones. Condiciones que,  lógicamente, deben depender únicamente de la nota (la calidad del estudiante) y los recursos económicos de los que dispone. ¿Pero hasta qué punto las condiciones son justas o razonables? Conozco gente que aprovechando las condiciones laxas de las becas se embolsó 6.000 €, hizo correr dos convocatorias de examen y a vivir la vida. ¿Deben existir las becas? Sin duda, si. Y os lo dice una persona cuya única beca proviene de la fundación “apellido de mi padre”-“apellido de mi madre” (mis padres, obviously). Pero también debe entenderse que, si no cambian las cosas, no se puede “subvencionar” gente que no llega  a unos niveles. Independientemente que Aznar tuviera tal nota o nosequién tuviera tal otra.

Bueno, en los últimos años existe una tendencia muy extendida que casi podemos denominar ‘enfermedad’: titulitis. La titulitis queda bastante reflejada en el siguiente fragmento de El camino de Miguel Delibes:

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatar como una realidad inevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba…

Su padre entendía que esto era progresar; Daniel, el Mochuelo, no lo sabía exactamente. El que él estudiase el Bachillerato en la ciudad podía ser, a la larga, efectivamente, un progreso. Ramón, el hijo del boticario, estudiaba ya para abogado en la ciudad, […] y les miraba a todos por encima del hombro; […]. Si esto era progresar, el marcharse a la ciudad a iniciar el Bachillerato, constituía, sin duda, la base de este progreso.

Es decir, el que no tiene estudios no sirve en esta vida. Y aún así necesitamos panaderos, fontaneros, ganaderos… ¿Qué queremos? ¿Que nuestro panadero sea graduado en gastronomía mediterránea? ¿Que nuestro fontanero sea ingeniero experto en mecánica de fluidos? En mi humilde opinión no tiene sentido. Es devaluar la profesión. Entonces, como aquí no podemos ser todos universitarios (salvo los que tengan dinero), los que no tengan dinero o son muy buenos en lo suyo o que se olviden de estudiar. De todas formas, por muchas reformas o ministros, las condiciones de las becas nunca estarán al gusto de todos. ¿Hay que cambiar algo más esencial?

Se me olvidaba comentar que estoy enfermo. Una enfermedad un poco rara y no diagnosticada que se llama conspiparanoia. A veces, si no me tomo la medicación, me da por pensar que hay un complot interesado en que todos tengamos una carrera universitaria. ¡De todas formas cunde la incultura! Desde primaria a bachiller. No interesa que se sepa. Y así llegamos a la universidad (que es algo así como un núcleo “impenetrable” de conocimiento, aunque sin base ni esfuerzo, de poco o nada sirve. Aprobar “por los pelos” o dando penilla y un parado más a la cola). Yo me pregunto, ¿por qué tenemos un sistema educativo tan decadente? La primera vez que yo vi una matriz fue en primero de bachiller. Un conocido profesor de la UPCT (Juan Medina) creó una aplicación para tablets/móviles y su hijo (o sobrino, no recuerdo) de 3-5 años sabe más de matrices que yo. O yo soy tonto (que no se descarta) o aquí falla algo. ¡Por capacidad no es! ¡Es porque no interesa que se sepa!

Un pueblo inculto es más fácil de dominar

Hay que cambiar muchas cosas y este no es el camino.