El congelador

Ni el calor del verano murciano parece descongelar la orden de precios públicos de la Comunidad Autónoma

Publicado en Tribuna libre de La Opinión de Murcia

Escrito por Borja Moreno y Pedro Manuel Toledo

2011 fue un año complejo. A nivel académico se empezaban a implantar los grados universitarios que sustituían a las diplomaturas y licenciaturas. Empezábamos, al parecer, a converger en el Espacio Europeo de Educación Superior. A nivel político, económico y social, la crisis no dejaba indiferente a nadie. Y con ese cuadro de la situación, el Gobierno de la Comunidad autónoma decidió sobrecargar el precio de la educación universitaria en las familias. Concretamente desde el año 2009 hasta el 2013 subió el precio del crédito, año tras año. Cada consejero parecía hacer bueno al anterior.

De los 13,65 euros que costaba, de media, el crédito universitario a los 15,58 euros que cuesta ahora han pasado ocho años. El coste de la matrícula se va engrosando conforme sumas asignaturas y créditos. Cada curso son sesenta créditos. Si hacemos las cuentas una matrícula universitaria cuesta, con precio medio de crédito, 115,80 euros más ahora que en 2011. Si además revisamos, podemos ver que 2009 la tasa de expedición de título costaba 123,98 euros y actualmente cuesta 215 euros. Éste ha aumentado un 75% desde 2009. Es necesario señalar que es imprescindible abonar esa tasa para obtener el título.

En el curso 2014/2015 entra en juego PAS que estrenó la tendencia que se ha seguido hasta ahora: mantener la misma cuantía del curso anterior. Esta feliz ‘frenada’ en el aumento de los precios públicos no duraría mucho. Si bien no ha cambiado el precio del crédito, desde el curso siguiente se subió la tasa de expedición de título de 205,47 euros a 215 euros pasando a ser la segunda tasa más alta entre todas las Comunidades autónomas, por detrás de Cataluña. Así nos hemos mantenido hasta el momento. Nada ha cambiado en la ‘nueva’ orden de precios públicos que saldrá calcada a la del año anterior. Harán caso omiso otra vez de cualquier queja que se le formule antes de llegar a su aprobación en Consejo de Gobierno.

Los estudiantes de las Universidades públicas, en las recientes elecciones, obtuvimos un compromiso firmado por los candidatos de todos los partidos (excepto Vox) de revisar esos precios. El Gobierno actual ha mostrado nula voluntad de modificar esa orden. Ni siquiera un guiño al compromiso adquirido. Hemos hecho los cálculos de lo que costaría. Unos 200.000 euros en un presupuesto de 205 millones. Quizás no quieran hacerlo porque implicaría hacer algo que a esta Comunidad autónoma le cuesta mucho trabajo: dotar de mayor presupuesto a las Universidades públicas. No olvidemos que estas son motor de conocimiento, empleo y riqueza. Habría que replantearse cómo las tratamos.

El mal querer

Publicado en Tribuna libre de La Opinión de Murcia

Casi treinta años han pasado desde que todas las Escuelas de Enfermería de España se integraron en sus respectivas universidades. ¿Todas? Salvo la Escuela de Enfermería de Cartagena. Ya se hace difícil mirar atrás y preguntar qué pasó para que Cartagena fuera la excepción. ¿Es tan difícil este proceso? Doce años han pasado del acuerdo entre la Comunidad Autónoma y la Universidad de Murcia para transferir la Escuela de Enfermería de la ciudad portuaria. Y si bien la historia no nos lo aclara, los continuos intentos de aportar algo de cordura a esta situación tampoco han logrado sus frutos. Y es que los estudiantes hemos tenido ‘mala suerte’. Cada vez que la situación parecía encauzarse, sucedía algo.

En 2007, siendo Cobacho rector, se firmaba el convenio que traspasaba la Escuela de una consejería a otra, supuestamente, como paso previo a la integración definitiva en la Universidad de Murcia. Si bien esto sucede, se agota la legislatura sin una solución. En 2011, ni Valcárcel ni Garre lo solucionaron. En 2015, nuevo Gobierno, distintas caras, pero mismo resultado. Se promete la construcción del centro en el patio del antiguo colegio Antonio Arévalo y en esta legislatura la única sorpresa fue el relevo de PAS por López Miras. A día de hoy seguimos sin solución.

Entre cada Gobierno han ido y venido también distintos equipos rectorales. Orihuela se comprometió a dejar el asunto zanjado. Terminó Orihuela y la Escuela sigue allí, en un almacén adaptado del aparcamiento del Hospital del Rosell. Tampoco estaría de más preguntar a Ballesta qué sucedió, durante su paso por el Gobierno regional, para no dar solución a la Escuela de Cartagena. Ahora le toca a Luján ‘achuchar’ al Gobierno regional para no acabar, un curso más, en la incertidumbre.

Y es que parece evidente el mal querer que demostramos hacia la Escuela de Enfermería de Cartagena y hacia sus estudiantes. Estudiantes que, para ir a tutorías, deben ir a despachos de profesores que están a dos kilómetros de su centro (si puede llamarse así). Centenares de diplomados y graduados a los que se les ha prometido año tras año una solución definitiva. Esos estudiantes han terminado y otros han venido.

Y sólo nos queda el lamento de ver que no parece haber nadie en el poder que resuelva este conflicto. Es hora de reconciliarnos con la Escuela de Enfermería de Cartagena y poner solución a esta situación que ha durado ya demasiado.

Underground, BBS y la necesidad de socializar

Uno de los libros que estoy leyendo este verano es Underground. Escrito por la periodista Suelette Dreyfus y el archiconocido ciberactivista Julian Assange, Underground repasa cómo en los inicios de internet los primeros curiosos comenzaban a descubrir grandes fallos de seguridad en los equipos que estaban conectados a internet. Estos curiosos, conocidos como hackers, no se enfrentaban sólo al reto de acceder a estos equipos (para los que usaban distintas técnicas) sino también a las primeras legislaciones sobre la materia. Se empezaban a fraguar los primeros delitos informáticos y la presión de legislar por parte de grandes empresas, universidades e instituciones públicas que eran frecuentemente «visitadas» por hackers. Muchos de ellos no hacían mucho más que husmear. Conseguir el acceso, superar el reto que suponía entrar a un sistema en el que supuestamente no se podía entrar (y en el que realmente no se debía). Otros obtenían información, datos que les permitían seguir hackeando (por aquel entonces era un vicio caro, los acceso a internet eran a través de llamadas telefónicas). Me gustó especialmente descubrir la manera en la que estos ciberactivistas desvelaban el funcionamiento de las centrales telefónicas para poder realizar estas llamadas (muchas de ellas internacionales).

Otra parte que me pareció interesante y en la que el libro también hace cierto énfasis es en la forma que tenían los hackers de socializar. Esto se hacía mediante unos programas llamados BBS (Bulletin Board System o Tablón de Anuncios). Son los precursores de los actuales foros. Pero estos iban algo más allá. También servían de repositorios, lugares donde encontrar «cosas» para descargar. Tenían un administrador y una estructura jerárquica. No todo el mundo podía acceder a todas partes. También me gustó ver cómo muchos de estos hackers trabajaban en realizar manuales para dar a conocer las distintas técnicas que usaban y compartir estos conocimientos con otros que se iniciaban.

Quizás para un estudiante de Ingeniería Informática o alguna carrera técnica este libro sea algo histórico o simplemente anecdótico, un documento sin gran relevancia más allá de las batallitas de gente que con un Amiga conseguía entrar en sistemas militares de Estados Unidos o paralizar un lanzamiento de la NASA. Quizás sólo sea eso. A nivel histórico, para una ciencia tan novel, es relevante. Y muy significativo porque transcurre en una época en la que la tecnología avanzaba mucho de una década a otra. Gente que no sabía programar o no sabía nada de tecnología, con el único impulso de la curiosidad, aprendía con manuales hasta convertirse en verdaderos expertos. Y la figura clave que juega, y a lo que quería hacer especial mención, de estos primeros puntos de encuentro o BBS.

‘Óscar’, en el Aula de Teatro de la Universidad de Murcia

Todos los días nos llegan decenas (o cientos) de correos. A los universitarios especialmente. La universidad preparara decenas de actividades: culturales, divulgativas, formativas… Y es curioso pero nuestro calendario académico da poco margen para extras. Hagamos un sencillo cálculo. Cada asignatura de 6 créditos requiere 150 horas. Suponiendo 5 asignaturas cuatrimestrales serían 30 créditos y, por tanto, 750 horas. De esas horas tenemos unas 4-5 horas de clase a la semana que serían: 5 horas de clase al día * 5 días a la semana * 4 semanas cada mes * 4 meses (un cuatrimestre) tendríamos 320 horas de clase. Además, hemos de tener el cuenta el trabajo autónomo, que debería ser el resto del tiempo: 750-320 = 430 horas, en un cuatrimestre. Es decir, aproximadamente unas 5-6 horas diarias (sin contar fines de semana). Entre 5 horas de clase, 6 de trabajo autónomo, 8 horas de dormir (supuestamente), 2-3 de alimentarse, algunos minutos más para desplazarnos de un sitio a otro… poco tiempo nos queda en el día a día para nada más que terminar de leerte un tema y seguir jugando con los malabares para llevar todo al día.

Por eso encontrar gente que sigue sacando tiempo para realizar otras actividades no es sólo satisfactorio sino incluso la mayoría de las veces envidiable.

Antes de acabar el curso me llega uno de esos correos. El Aula de Teatro de la Universidad de Murcia exponía una obra titulada Óscar. Veo algún conocido entre el reparto y allá que voy. Al llegar me extraño de ver poca gente de mi edad, pero bueno, dada la época y los cálculos anteriores qué cabría esperar… Es Murcia, finales de junio, exámenes, los primeros calores. Comienza la obra. Un mafioso. Su padre en el lecho de muerte. Una promesa: dejar esa vida. Un contable. Un mayordomo. Conforme pasa una escena tras otra la obra me va pareciendo cada vez más hilarante. El nudo hace honor a su nombre con un enredo de historias que ¡quién podría imaginar! Muchas risas. Sin duda, 10 sobre 10. Muy bien ejecutada, se nota que lo han trabajado mucho y tienen mucho arte.

GPDR o la historia del «que cunda el pánico»

Es curioso como estos dos últimos meses hemos sido bombardeados de mails verificando nuestros datos, reafirmando consentimientos ya dados, etc… Y es realmente curioso, dado que los datos que ya han sido solicitados de forma legal con la LOPD (por poner el ejemplo concreto de España) no son incompatibles con la nueva legislación europea. De hecho, sería muy drástico que eso pasara, ¿no creeís? Salvo que los datos que se han ido recabando hayan sido usados para otra cosa. Y ahí viene lo que sí puede ser preocupante. De hecho, podría ser doblemente preocupante si tenemos en cuenta que la gran mayoría de empresas e instituciones han esperado hasta el último día y casi, casi, a última hora.

En esa línea, de las lecturas más interesantes que han llegado a mi buzón a raíz de esta regulación del tratamiento de datos personales ha sido de David Bonilla en el artículo ¿La última Bonilista? donde se llega a plantear algo que otros parecen no haber contemplado o entendido de la norma.

GPDR en WordPress

WordPress ya ha trabajado en este asunto, como podemos ver en la siguiente imagen, incluyendo un apartado de privacidad en Ajustes. Este nos dirige a una Guía para la política de privacidad que nos orienta bastante con textos sugeridos. 

También he estado probando un plugin que puede ser interesante: WP GDPR Compliance aunque bien es cierto que estos últimos meses han aparecido cientos de plugins que te ayudan a cumplir la GDPR. En concreto me gustó este porque tiene una lista de comprobación para, en función de las respuestas, sugerirte qué hacer (por ejemplo, si tu WordPress tiene un foro o pueden chatear directamente contigo). Otro punto positivo es que tiene integración con otros plugins (como formularios de contacto y demás).

Una opción de las muchas que podremos encontrar para intentar hacer más fácil nuestro cumplimiento de la GPDR 😉

Transformación digital

Hace unos días se confirmaba que el decano de mi facultad pasaba a ser delegado del rector en Universidad Digital. Aunque eso de la Universidad Digital es un concepto un poco etéreo, en mi opinión, creo que todos o la gran mayoría entendemos que se refiere a la transformación digital de la universidad. Por otro lado, tiene sentido ya que entraba dentro de los objetivos del, por aquel entonces, candidato a rector y actualmente rector de la Universidad de Murcia:

Alinear la estrategia general de la universidad con una adecuada gobernanza TIC para procurar obtener el valor efectivo que las tecnologías deben generar en una universidad del siglo XXI.

Objetivos de la candidatura a rector de José Luján Alcaraz

Bastante antes de conocer la noticia había leído en Univerdad un artículo que cuestionaba aquello de la transformación digital de las universidades. Enlazo al artículo que, sin duda, recomiendo su lectura.

Realmente me gustó mucho. Sobretodo por la perspectiva cualitativa del cambio que describe el autor y lo ejemplifica con mucho atino:

  1. jugar con la idea (explorar las posibilidades que esta nueva tecnología puede tener)
  2. hacer lo viejo a la manera vieja (automatizar las tareas)
  3. hacer lo viejo pero de una forma nueva (evolucionar los procesos)
  4. hacer cosas nuevas de modos nuevos (transformar los procesos)

Sin duda, estos 4 conceptos nos pueden servir para hacer una evaluación rápida y somera de cómo estamos aplicando la transformación digital en nuestro entorno.

Me recordó mucho a cuando cursé la asignatura Gestión de la Innovación Tecnológicas en las Organizaciones en el Grado de Ingeniería Informática, intensificación de Sistemas de la Información. Allí, con Fernando Martín al mando, descubrí la realidad sobre la innovación: innovar no es mejorar un proceso o un producto, sino hacer lo viejo pero de una forma nueva e, incluso, ir más allá: hacer cosas nuevas de modos nuevos. Por lo que la transformación digital pasa por innovar y creo que Pedro Miguel Ruiz será una pieza clave en esa transformación de la Universidad de Murcia.

Compostando

Recientemente he adquirido una compostadora. Es decir, una especie de compartimento donde echar residuos orgánicos con el objetivo de convertirlo en compost. En principio parece todo muy idílico. Ya veremos qué tal funciona, el tiempo lo dirá 😉

Reflexión: ¿feliz Navidad o felices fiestas?

Llega un momento del año curioso en el que, en esta cultura occidental, hacemos reflexiones profundas, preparamos copiosas comidas, nos bronceamos a la luz de esperpéticos árboles luminosos gigantes y luces que anuncian «Felices Fiestas» y recibimos nuestra particular dosis de cuñadismo. ¡Pero nadie parece cuestionarse qué c**** estamos celebrando!

Promovido por esa curiosidad, he lanzado una encuesta en Twitter:

Aunque también os delanto que mi particular visión de la situación está totalmente en línea con este párrafo del brillante periodista británico G.K. Chesterton:

Que se nos diga que nos alegremos el día de  Navidad es razonable e inteligente, pero solo si se entiende lo que el mismo nombre de la fiesta significa. Que se nos diga que nos alegremos el 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede alegrarse así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para estar alegre. Un hombre podría organizar una fiesta si hubiera heredado una fortuna; incluso podría hacer bromas sobre la fortuna. Pero no haría nada de eso si la fortuna fuera una broma. No se puede montar una juerga para celebrar un milagro del que se sabe que es falso. Al desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir solo el humano, se está pidiendo a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar.

G. K. Chesterton

G. K. Chesterton

15 de diciembre de 2017: el día que perdimos

Imagina encender la televisión y ver una pantalla en negro. Si eres más mayor, incluso, podrás imaginar la niebla que se veía cuando no habías conectado el VHS. Miras qué día es y recuerdas: mierda, este mes no he pagado la tele por cable…

Quizás te cueste imaginarlo ya que cada vez que enciendes la tele siempre hay algo en emisión. Da igual con qué operadora estés o incluso si no estás con ninguna. Hay un conjunto de canales que estarán ahí siempre disponibles, para ti.

Ahora practica otro ejercicio similar. Esta vez enciendes el ordenador. Abres tu navegador habitual (espero que Firefox, por supuesto). Tecleas F-A-C-E-B-O-O-K-.-C-O-M y de repente tu navegador te dice que nanai:

 

¿Y qué ha pasado? Pues que el 15 de diciembre de 2017 perdimos. El silencio o la indiferencia que se deja notar nos demuestran algo que parece bastante grave: no sabemos qué hemos perdido. Pero no pasa nada, para darnos cuenta de lo que tuvimos nada mejor que perderlo…

Realmente sí que pasa, la eliminación de la neutralidad de la red supone la pérdida de un derecho que perdemos a favor de tarifas, ofertas, intereses… en resumen: en favor de poderes políticos y económicos, en favor del dinero. Y es que, hasta antes del 15 de diciembre, éramos libres e iguales en la red para acceder a la información que quisiéramos dónde y cuándo quisiéramos. Sin limitaciones. El acceso a Internet, hasta ahora, había supuesto la democratización de la información. Cuando Tim Berners Lee empezó a trabajar en la idea de la World Wide Web su objetivo era hacer más accesible la información de la cantidad de trabajos científicos que se desarrollaban en el CERN. Y esta idea se extendió a todo, información de toda clase: artículos científicos y académicos, servicios de ocio, plataformas sociales… Todo era accesible, si bien algunas plataformas tienen un coste que dependía únicamente del precio de este servicio (como Netflix, por ejemplo). Pero lo que viene ahora rompe las reglas del juego: un Internet de varias velocidades dependiendo de la oferta de la compañía de telecomunicaciones con total libertad para bloquear o ralentizar servicios o limitar el acceso a contenidos. Desde ahora en adelante se acabó la libertad, la competitividad: una simple negociación de una gran web de ecommerce podrá anular las ventas de cualquier pequeña web de ecommerce por la sencilla razón de que ahora ellos (las compañías de telecomunicaciones) deciden qué pasa y qué no por su infraestructura hasta los hogares. También podría pasar que una compañía bloqueé un servicio concreto si ella está ofreciendo otro servicio similar que quiere (imponerte) que uses. Si bien a nivel europeo hay ciertos matices (la ley europea impide ralentizar o bloquear sitios concretos, sólo permite hacerlo por servicios especializados), de igual forma surgen muchas dudas sobre a favor de qué intereses se tomarán estas decisiones: ¿usuarios o compañías de telecomunicaciones?

Y si bien podría pensarse que, de forma lógica, los operadores mantendrán todo el contenido accesible y en funcionamiento tal y cómo lo conocemos ahora intentando hacer negocio sólo con ciertos servicios que son de mayor interés (por ejemplo plataformas de ocio y servicios más exclusivos o mayor velocidad)… tiempo al tiempo.

Agárrense a sus asientos porque lo que nos queda por ver no les dejará indiferentes.


Artículos de referencia, para ampliar más información:

  1. eldiario.es: Ganan las telecos: Europa vota contra la Neutralidad de la Red.
  2. genbeta.com: La muerte de la neutralidad de la red es un hecho en Estados Unidos. ¿Y ahora qué?
  3. elmundo.es: La neutralidad de la red según…
  4. elpais.com: ¿Qué es la neutralidad en la red?